
Pensé que podías sostenerte por un segundo sin mi mano de ayuda. Pensé que podía concentrarme en la foto y soltarte las riendas tan sólo por un instante. Al descuidarme te diste por vencido, caíste libremente sin el menor intento de desafiar la gravedad, mas bien trabajando a su favor y provocando lo inminente. Fue en ése instante, en el que no estaba mirando, en el que un estruendo golpe decisivo me dió la alerta. Me dijo que era muy tarde, que ya todo estaba hecho, que mi labor se limitaba a recoger los pedazos uno por uno, solemnemente. Y ahí yacía yo, con tu cabeza en mi mano y tu cuello en la otra. Degollado, no podiste ni siquiera ver la luz. Fuiste mi bebe, a punto de nacer, y un dia antes del gran día, decidiste tirar la toalla. No sabía que hacer, para donde coger, a quien acudir. Decidí sentarme en el piso, entre tus escombros recolectar lo sucedido. En estos segundos tan mortales y poco misericordiosos que no advirtieron lo que iba a pasar. Sólo pasó. Como sucede todo en esta vida, sin previo aviso, sin piedad. Mientras acariciaba tus restos, pensé en nuestros momentos juntos, en el lamento de tus cuerdas al rozar mis dedos. El sonido de dolor que emitias, tan sincero, tan oportuno, tan mio, tan de nosotros. Fuiste el instrumento oportuno, el adecuado. Tu cuerpo sin trastes me acriciaba los nervios y juntaba mis párpados suavemente mientras danzaban con la yema de mis dedos. Mientras tarareaba tus susurros, mis dedos organizaban un complot para tocar ese
je ne sais quoi que tanto disfrutabamos en aquellas tardes veraniegas. Tantos recuerdos, y yo tratando de hacerte un mortuorio. Tratando de conseguir un ataud de tu tamaño, ya que nunca tuviste estuche. Tratando de hacerte la ceremonia adecuada. Reunir a todos los miembros de la familia y serés allegados y rendirte tributo. Talvez con un lamento sonoro. Talvez con la percusión de tu madera. Pero nadie se unió en mi llanto. Quedamos solos, pero tu ya no existes. Quedé solo, con un instrumento degollado. Un instrumento cobarde que se dejó caer y perdió la pelea contra la cerámica del suelo, se desprendió de su cabeza y ahí quedó. Murió. Yo, encaprichado en la foto, me limpié la lágrima que corría por mi mejilla y reuní las piezas. Le vestí las cuerdas en su lugar y lo puse a modelar. Esta vez me aseguré que estuviera en la posición correcta. Y ahí, tan firme como siempre, quedaste inmortalizado en esta foto. Vivirás siempre en mi. Te llevaré conmigo hasta el infinito y tararearemos nuestros lamentos al unísono.
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